Cambio climático y disponibilidad de agua: Efecto de la escasez hídrica en la producción de alimentos.
Una de las mayores preocupaciones de la sociedad en relación con el cambio climático se refiere a sus posibles efectos en los recursos hídricos. De hecho, el clima y el ciclo hidrológico están tan íntimamente relacionados que es difícil definir las fronteras entre ellos; el clima depende de variables relevantes del ciclo hidrológico, tales como la humedad ambiente y la precipitación. Adicionalmente, el sistema climático y el ciclo hidrológico están vinculados estrechamente con los océanos, como lo demuestra, entre otros, el fenómeno de El Niño (Voituriez y Jacques, 2000). Por supuesto, la dinámica de los océanos también registrará cambios importantes por efecto del calentamiento global, mismos que interactuarán con el sistema climático global.
Los efectos del calentamiento global se están observando ya con mayor intensidad crecimiento de la temperatura promedio en el país en los últimos veinte años es de 0.3 °C por década, y de 0.72 °C en el último decenio. Estos valores confirman la alta vulnerabilidad de México ante el cambio climático.
Los cambios en las precipitaciones y la temperatura afectarán directamente a las reservas de agua terrestre (Schewe et al., 2014). Se prevé que la evaporación de la superficie terrestre aumentará a consecuencia de la tendencia global al aumento de la temperatura del aire en todas las regiones, excepto en las más secas, donde la falta de agua impedirá este aumento. Este incremento puede compensarse con un aumento en las precipitaciones, pero en muchas regiones y especialmente en las zonas en las que el volumen de lluvia descenderá, esto conllevará un descenso de los volúmenes de caudal fluvial y de la disponibilidad de agua en distintas estaciones (IPCC, 2018a).
Estas disminuciones afectarán directamente a la disponibilidad de agua, a la extracción de agua para la agricultura, la industria y el suministro doméstico, así como al uso de cursos de agua para la generación de energía, la navegación, la pesca, el ocio y por último, pero no menos importante, el medioambiente.
En el último siglo el consumo de agua ha crecido más del doble que la tasa de incremento demográfico (FAO, 2013a). Esto, sumado a un suministro más errático e incierto, agravará la situación de las regiones que actualmente sufren estrés hídrico y generará estrés en regiones que actualmente disfrutan de abundantes recursos hídricos.
En vistas de la competencia por el agua, no habrá mucho margen para aumentar la cantidad de agua destinada al regadío, que actualmente supone el 69% de todas las extracciones de agua dulce (AQUASTAT, n.d.). La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calculó un aumento del 5,5% de las extracciones de agua para el regadío de 2008 a 2050 (FAO, 2011a).
Los resultados coinciden en demostrar que el cambio climático alterará profundamente los patrones globales de producción de alimentos en función de la disponibilidad del agua. Se espera que el impacto en la productividad de los cultivos será negativo en las regiones tropicales y de baja latitud, pero en cierta medida positivo en las regiones de latitudes altas (FAO, 2015a).
Las tierras de regadío son las que más resentirán el aumento de las temperaturas y la aridez. Pese a que la extensión actual de estas tierras (aproximadamente 3,3 millones de km2 ) constituye solo el 2,5% de la superficie terrestre, representan el 20% de la tierra cultivada y generan el 40% de la producción agrícola (FAOSTAT, n.d.). La FAO prevé que se necesita una inversión de capital estimada de 960.000 millones de dólares para extender y mejorar el regadío antes de 2050 en 93 países en vías de desarrollo, comparado con los niveles de inversión de 2005–2007 (Koohafkan, 2011). La agricultura, la silvicultura forestal y los demás usos de la tierra generaron el 23% de las emisiones antrópicas totales de gases de efecto invernadero en el período de 2007–2016 (IPCC, 2019b).
La proporción de emisiones de gases de efecto invernadero debida a la agricultura ha descendido de un 30% estimado a finales del siglo XX a aproximadamente un 20–25% en 2010, sobre todo debido al gran aumento de las emisiones del sector energético (FAO, 2017a). Sin embargo, se espera que las emisiones netas de la agricultura aumenten más. Evitar la pérdida y el desperdicio de alimentos es una vía para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Se estima que el 25–30% de la producción total de alimentos se pierde o se desperdicia en las distintas fases de la cadena de suministro alimentario (FAO, 2013b; IPCC, 2019c). Al descomponerse, los residuos alimentarios generan gases de efecto invernadero. 10 Informe Mundial de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2020 . Reducir el desperdicio de alimentos también podría tener repercusiones significativas en la demanda de agua (y de energía), por consiguiente, podría representar una forma de adaptación (mejorar el estrés hídrico) y de mitigación (gracias a la reducción del consumo).
https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S2007-24222012000100001&script=sci_arttext
https://www.pseau.org/outils/ouvrages/unesco_informe_mundial_de_las_naciones_unidas_sobre_el_desarrollo_de_los_recursos_hidricos_2020_agua_y_cambio_climatico_datos_y_cifras_2020.pdf




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